En la escuela de la
par se escuchan los gritos de alegría, los niños quiebran la piñata y se
revuelcan por los dulces. Sus pedazos de uniforme terminan percudidos. Un día
como hoy, primero de octubre, hasta los piojos se dan fiesta. Las niñas llegan con la colitas deshechas y los varoncitos terminan de romper los
pantalones, a pesar de los refuerzos en las rodillas que les puso la mamá…
En el oscuro cuarto
continuo, todavía huele a “miados”. Nadie ha recogido las bacinicas, ni
limpiado los cartones mojados de sudor. Sí, los cartones. Que algunos usamos
para que duerma un perro. Allí, duermen niños.
Sus almas descansan
solo unas horas de su amarga realidad, su ignorancia los hace aceptar en
silencio su suerte. No han escuchado las risas de la vecindad, porque la
jornada laboral comienza a las cuatro de la mañana.
Tienen que estar
listos en los semáforos temprano, para que los distinguidos empresarios, que
madrugan, compren sus chicles, cigarros o las rosas para la secretaria. Tienen
que estar vivos, porque tienen suficiente competencia, y de la venta depende el
pago para “el señor”.
“El señor” está
enojado. Cuatro no llegaron a la meta. Sí, ellos también tienen metas, como
todos los vendedores. No hay excusa para no hacerlo, pues el escenario consumista en el que se mueven,
obliga a que un Fulano, quiera comprar un cigarrito de solo verlo.
Son las ocho de la
noche, y los miembros del cuarto oscuro
no sienten sus piecitos, no cabe más cansancio en los que deberían de ser
cuerpos llenos de energía. Podrían estar manejando sus bicis, o viendo
caricaturas. Podrían estar siendo regañados por el papá por haber roto el
uniforme de la escuela, mientras la mamá lo vuelve a remendar. Podrían tener
una simulación de caricia al ser despiojadas. Pero no, no tiene ni ese poquito de
suerte…
No para todos es un
feliz día del niño.
Victoria López
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