martes, 16 de junio de 2015

Estimado señor López

Estimado
SEÑOR
Ennio López
Presente

Estimado señor López, le envío un cordial saludo, esperando que se encuentre bien, sudando poco y trabajando mucho. Que haya desayunado antes de hacer los mandados, porque su salud es importante.

¿Ya vio que lindo día hace hoy? Me reservo el derecho de revelar la cantidad de años que pasaron desde que el mundo goza del deleite de su presencia. Ese día en que los doctores estaban de goma y en vez de cortarle el ombligo. Cantaron los risueñores...

Al inicio de la redacción de ésta carta pensé en muchas de las que he redactado antes, en las que debo predecir, o incluso investigar, que si al célebre sujeto al que la dirijo es ingeniero, licenciado, máster o doctor (aunque sea con título comprado), pero como claro está, usted no tiene ningún título de esos.

Le puse SEÑOR, con mayúsculas, porque hasta esa palabra le queda corta. Es usted todo un señor, digno de más respeto que un don con títulos colgado en la pared; porque su compromiso y pasión en lo profesional, vale más que cualquier reconocimiento académico. Porque su carisma lo ha hecho ser reconocido en el gremio, no como el más prominente, pero si como el más servicial.

Y es que si usted no cree en mis palabras, haga un recuento de todos los que están pendientes de felicitarlo un día como hoy, aunque esto lo llene de melancolía. Personas que como yo, no caben de la felicidad de poder celebrar un año más de su natalicio y poder seguir disfrutando de esas tomadas de pelo seguidas de una carcajada.

Siéntase dichoso, señor, de todo eso que es, de cada trago de miel y de hiel. De cada caída y cada levantada.

Después de mi corto saludo, paso a lo siguiente.

Quiero tomar esta fecha para expresarle mi profundo agradecimiento por ser mi papá, porque que me haya planificado o no, es tan invaluable el valor de su existencia para mí, como la mía para usted.

Es usted, el responsable de gran parte de mi felicidad, desde cuando niña me tomó en sus brazos y me enseñó el 89.5% de las cosas que sé.

Y ese cálculo tan alto del porcentaje, proviene de la premisa que ha permitido aprender muchas cosas más en la vida:
Ser agradecida y trabajar duro por lo que quiero.

Cada genialidad con la que me ha dejado el mejor sabor de boca a lo largo de mis años, cada abrazo a su llegada e incluso el vacío de ausencia, son para mí, sin ser exagerada, simplemente TODO.

Es usted, señor, tan bondadoso, que me regala hoy, el día de su cumpleaños, el honor de poderlo llamar Papá.

Papito, mío y sólo mío, aunque tenga que compartilo con mis hermanos, es sólo mío. Y no se imagina, lo mucho que me llena de felicidad poder llamarlo así a usted y no a otro hombre (porque todos estamos seguros que es así).

Jamás lo cambiaría a usted y a la frase de "El Marino" en la espalda, la cámara de vhs en el hombro, con el freno de mano, literalmente en la mano. Ni esa misma mano tomando la mía fuertemente, cambiando en la calle o sacandome a bailar...

Sin otro particular, me despido de usted, no sin antes reafirmarle, por si alguna vez lo duda, que me siento orgullosa de usted, por ese gran hombre que es. Y que también me siento agradecida por cada esfuerzo, por todo eso que me ha dado y eso que no.

Y sepa, algo que ya sabe. Que lo amo, con cuarentitantos o cincuenta, con todo o con nada, y que si algo anhelo en la vida es escribir más de su historia a mi lado.

Ana Victoria López

Guatemala 17 de junio de 2015.

miércoles, 10 de junio de 2015

El Pickopito

Lo mejor de haber nacido en este país tercermundista es ver su transformación, lenta muy lenta, pero en potencia.

Una mañana, aturdida en la rutina del tránsito de hora pico. Ese momento en que los sueños de muchos son reducidos a cumplir con el horario del patrono responsable de su supervivencia, unas sonrisas vacías le dieron sentido a ese nublado día.

Ese pickopito fabricado mucho antes del cambio de siglo, era la mejor adquisición de aquella familia, que preferían el riesgo de quedarse tirados a mitad del Periférico, que pagar pasaje por cada uno, las cajas de tomates, los tanates de papa y el ciento de naranjas.

Recuerdo aquella iniciativa egoísta de limitar la circulación de automóviles muy antiguos, como si el sistema de transporte público cumpliera las necesidades de la gente que vive al día. Iniciativas hechas por personas que no tienen más visión que la de su propia realidad. Que solo conocen esa Guatemala ideal y no tienen la menor sensibilidad en comprender la Guatemala descompuesta.

En cambio hay personas como los de la familia del pickopito, con el Toyota mal pintado, que sabe lo que significa sudar las nalgas por tener un medio de transporte limitadamente digno.

En la palangana tres pequeñitos, dos en edad escolar y una niña de brazos. Los tres con suetercitos de colores combinados por casualidad. Sentaditos en las cajas de tomates. Reían y jugaban.El más grande tenía en sus brazos a la bebé. La besaba y la miraba con singular ternura.

Su ingenuidad en vivir el momento, sin estar preocupados en que tendrían que estar en la escuela en ese instante, en que si los de la moto de la par eran cacos, o en si el presidente debía renunciar, me cambio el humor de esa empurrada mañana.

No apruebo la decisión de esos padres de llevar a sus hijos a trabajar, pero ¿quién son yo para juzgar esa realidad? En cambio apruebo esas ganas de superarse, de madrugar y luchar por dar a ese trío de angelitos la oportunidad de suplir sus necesidades elementales, o por lo menos no pasar hambre.

El mérito es propio, el esfuerzo digno de aplaudir. El Estado, responsable de la familia del pickopito, no es capaz de ofrecerle medicina en el hospital nacional, ni seguridad en el mercado, ni agua en el cantón...

Indigante y gratificante. Indigante el cuadro de pobreza de aquellos niños del pickopito viejo en contraposición con los vehículos de funcionarios públicos, blindados y rodeados de seguridad, que salen a las diez de la mañana de sus propiedades de lujo. Gratificante, porque en la oscuridad de la pobreza, disfrutan de cada instante de esa realidad corrompida, porque no conocen otra.

¿Será a veces queremos más sin darnos cuenta que ya lo tenemos todo?

Victoria López